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La luz lo llevo a una salida, daba a un lugar por extraño que parezca, no llovía, no hallaba ni el mas remoto indicio de la tormenta que había dejado en la otra entrada de ese laberinto de salas y pasadizos.
Se sentía como flotando, apenas si notaba el peso de su cuerpo, caminaba sin esfuerzo. Había desaparecido el cansancio y el malhumor, sin saber porque, sin tener motivos.
Estaba feliz, quizá fuera la paz, la luminosidad del lugar, el apacible y profundo silencio, que solo lo rompía el piar de los pajarillos.
Echó a andar sin saber que dirección tomar, no veía un camino delimitado, que le condujera a algún sitio, se desplazaba sobre hierba que parecía no tener fin, pasado un largo tiempo caminando, halló una fuente de agua natural, brotaba entre unas rocas un buen chorro de agua cristalina. No lo dudó, se acercó y bebió, no porque tuviera sed, solo por ese instinto de supervivencia que posee el ser humano.
Se recostó sobre la hierba y así tomar un pequeño descanso, mientras pensaba, en que lugar tan extraño se hallaba. Nunca nadie en el pueblo mencionó la existencia de ese territorio tan maravilloso y se preguntó ¿porqué?, si alguien conocía ese sitio nunca lo dijo; pero, si por el contrario nadie había estado nunca aquí, entonces soy el primero en saber de este lugar.
Con esos pensamientos entró en un éxtasis de somnolencia, tras un breve sueño despertó, se irguió de un salto y echó a andar de nuevo.
Se encontró atravesando un campo lleno de árboles frutales, habían de toda fruta imaginable e inimaginable, se acercó a uno de estos árboles del que pendían unos frutos con forma de pera, piel aterciopelada, como la del melocotón, un color fucsia, –extraña fruta—(pensó), se atrevió a coger una y le dio un mordisco pequeño, como de cata, sabía como agria y dulce a la vez, muy jugosa miró donde había mordido, el color interior le recordó al de la salsa agridulce que sirven en los restaurantes chinos, terminó de comer la rara fruta, para continuar su marcha. Llegó al principio de una subida muy suave, no podía ver lo que tras esa subida podía encontrarse, cuando llegó arriba, pudo contemplar con asombro un extenso valle al que no se le veía el fin, lo atravesaba dividiéndolo un hermoso río de aguas limpias. Mas allá del rió, al otro lado, se divisaba una ciudad de pequeños edificios de no mas de dos plantas. Se veía grande y extendida, según se iba acercando le parecía aún mas extensa. Llegó a la orilla del río opuesta a la ciudad, buscó como cruzar, no vio nada, buscó orilla arriba, la vista le alcanzaba para saber que esa no era la dirección que debía tomar, así que decidió marchar rió abajo, hacia un recodo bastante distante de donde él se encontraba.
continuara…