LA SIMA (capitulo II)
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Noemí la tranquiliza, asegurándola que hará todo lo que esté en sus manos para erradicar la enfermedad. Le dice, que lo primero que hay que hacer es inmunizar a los que están aún sin contagiar, para que no caigan y puedan ayudar a la sanación del resto. Vayamos a un lugar seguro donde podamos preparar todo lo necesario para curar a los enfermos – termina diciendo-.
Dispuestos a marcharnos guiados por Zanele y los hombres que la acompañan, nos precede la extraña ave. Vamos en dirección a la montaña, ahí es donde habita este grupo que nada tiene que ver con el “egipcio”.
Ha transcurrido hora y media cuando llegamos al pié de la montaña, desde aquí no se ve la cima, el ascenso es lento y dificultoso por lo escarpado del lugar, a mitad de la ladera encontramos un hueco, está camuflado, si no lo conoces no te das cuenta que existe. Entramos de uno en uno por la estrechez del sitio, caminamos largo tiempo hasta llegar a una sala espaciosa, con un techo alto a modo de cúpula, es un hueco creado por la misma naturaleza, la belleza interior de la montaña. Caminamos hacia el otro lado de esta sala, vamos a descubierto ya que nada hay en los doscientos metros de distancia entre pared y pared de esta cueva, vemos una vereda frente a nosotros por donde tenemos que ir uno detrás de otro. Subimos por la estrecha cuesta hasta lo más alto donde empieza una bajada; cuando de unos huecos que no se aprecian, van saliendo otros miembros del grupo.
En este punto vigilamos el acceso, nos turnamos cada dos horas, –comenta Zanele– no podemos dejar que nos sorprendan, ahora lo hacemos desde aquí; pero antes de que nos afectara la epidemia, teníamos vigilada desde la entrada, toda la ladera de la montaña, con solo dos hombres que tenían que dar el aviso a estos de aquí si veían a alguien aproximarse, para preparar la defensa. Por suerte nunca nos han descubierto y no hemos tenido la necesidad de defendernos.
Por unos pasadizos no muy anchos nos desplazamos hasta otra sala, esta más pequeña que la anterior, en sus paredes hay excavados unos huecos con suficiente altura y profundidad como para que les sirva de habitáculo, del exterior han ido trayendo ramas y troncos con los que se han construido sus camas, asientos y mesas. Otros pasadizos llevan a sendas salas con similares huecos en sus paredes, llegamos a una última que está dedicada a la preparación y cocción de los alimentos.
Volvemos para ver a los enfermos y tratar de saber si es lo que nos dijo Zanele, el mal que padecen o es otra enfermedad. Mirados todos por Noemí, se confirma por los síntomas: tos compulsiva, algunos con vómitos y otros con expulsión de una especie de saliba espesa y viscosa. Es en efecto, “coqueluche”, –dice Noemí– lo que se conoce como “tos ferina”. Al subir por la ladera he visto unas hiedras y muérdagos, que nos pueden ayudar a paliar la enfermedad, hay que salir y recolectar todas las hojas que se puedan y hacer con ellas una infusión, para que se tomen dos tazas diarias, es lo mas rápido ya que se puede hacer con las hojas frescas, otras hierbas hay que usarlas desecadas y no podemos esperar a eso.
Se organiza la expedición para ir a recolectar las hojas de hiedra y muérdago al exterior, Noemí quiere ir para supervisar la recolección, por lo que decido acompañarla, junto con seis hombres más.
continuara…




