Eberzosa

Poesia, Literatura y alguna cosa más…

LA SIMA (capitulo II)

Pagina 21

Jamás he peleado con nadie y menos aún con armas. Nos llevan al centro de esta plaza circular y nos dan sendos machetes para que los usemos como espada y unas planchas metálicas a modo de escudo. Permanecemos estáticos sin saber que hacer, quien nos ha dado las armas nos arenga para que luchemos apoyado por los que ocupan las gradas . Con timidez nos aproximamos a la vez que giramos, ninguno se atreve a dar el primer golpe, otra vez los gritos animándonos a la lucha, cuando veo amenazante su arma y logro pararla con el improvisado escudo, intento devolver el golpe sin conseguirlo. Dando y recibiendo machetazos estamos el tiempo suficiente para cansarnos y sentir el dolor en los huesos por  los golpes recibidos, hasta que resbalo y caigo de espalda perdiendo el escudo, ocasión que aprovecha mi compañero para poner el machete sobre mi pecho a la altura del corazón, con la intención de clavarlo.  Consigo zafarme del asedio en el que estaba y logro incorporarme para volver a la lucha, esta vez sólo con el machete, mi contrincante está decidido a vencer y creo que lo puede conseguir, su fuerza es superior a la mía, ya apenas puedo resistir, en uno de sus impactos consigue desprenderme del machete, no puedo creer lo que me está pasando, viene hacia mi decidido a terminar la pelea, por suerte estoy cerca del escudo que perdí y consigo cogerlo, justo a tiempo para evitar un nuevo impacto en mi cuerpo, en el retroceso de su brazo deja descubierta su cara y  consigo arrearle con el escudo en su rostro reventándole la nariz, lo que le hace sangrar en abundancia, es tanta su rabia y se dirige a mi con tanto ímpetu, que al girarme para esquivarlo no puedo evitar que me golpee de plano en la nuca con el machete, lo que me hace caer al suelo de bruces a la vez que se me nubla la vista.
Cuando recobro el sentido, ya no estoy en ese circo que han montado, abro los ojos, la penumbra invade todo el cuarto donde me hallo, estoy tumbado sobre un camastro hecho de troncos, ramas y hojas secas. Intento incorporarme, me cuesta hacerlo por el dolor que tengo en todo mi cuerpo, magullado por los golpes recibidos en la pelea. Estoy solo, todavía oigo el griterío de los asalvajados “animales” de esta sociedad malvada. Por la inclinación del techo, esta habitación tiene que estar bajo las gradas, fuera  parecen estar celebrando algo, me acerco a la puerta, para comprobar que no esté cerrada. Vana ilusión, cerrado el único acceso a este lugar.
Al cabo de un buen rato el ambiente fuera está más calmado, se abre la puerta de la habitación y aparece  mi compañero con ganas de hablar conmigo, no trae compañía. Aunque llevamos un tiempo juntos -me dice- nunca nos han presentado, mi nombre es Julian, -a la vez que me ofrece su mano-  siento tener que haberte dado. Se refiere al golpe que me asestó en la cabeza. Lo hice para terminar la pelea y así fue, después de tu desmayo “El Egipcio”  paró la lucha y mandó que te trajeran a este lugar. Nuestro combate los ha convencido estamos dentro del grupo, aunque con reservas, eso quiere decir que observan todos nuestros movimientos hasta estar seguros de nosotros. Nos han cedido una habitación para los dos y podemos movernos con cierta libertad por la ciudad. Tu también debes disculparme por haberte reventado la nariz.
Tras la disculpas salimos de esa habitación, para ir a la vivienda donde nos han dado un cuarto para descansar, los dos lo necesitábamos después aquella aventura.

contunuará…

 

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