En soledad

En soledad me envuelve el silencio,
la pena me invade sin tu calor,
en soledad me observo por dentro,
temiendo con rabia algún desamor.
En soledad recuerdo el pasado
cuando nos vimos por primera vez,
en soledad no estás a mi lado,
te has ausentado para luego volver.
En soledad me atrapa un vacío
que el alma me llena de impaciencia,
en soledad estoy decidido
a reclamar siempre tu asistencia.
En soledad vivo mi existencia,
son más profundos mis pensamientos,
en soledad y sin tu presencia,
se crecen altos mis sentimientos.
En soledad me hallo perdido,
no encuentro mi alma, no se que hacer,
en soledad me encuentro abatido,
la desidia atrapa todo mi ser.
En soledad resisto tu ausencia,
estás alejada de mi existir,
en soledad me falta tu audiencia,
sin ella mi vida es un sin vivir.
En soledad no tengo testigos,
para que miren como te quiero,
en soledad veo nuestros destinos,
unidos, juntos, hasta que muero.
Comentario del autor: Cuando te encuentras sólo y el silencio te atrapa, llega un momento en que te hallas inmerso en recuerdos, evocando momentos de toda índole, buenos, menos buenos…, no puedes evitar pensar en el ser que quieres, con más razón si temporalmente se ha alejado, da igual cual es el motivo, aunque sea para regresar en un corto tiempo. Con la perspectiva de la lejanía, tus sentimientos te incitan a temer lo que con toda probabilidad no va ha suceder, que sería perder el amor de tu vida, el cariño de la persona que amas. La desazón te hace dudar y creer lo que no es, ni será. En esos momentos está subido a un tobogán de bajadas, subidas e incertidumbres, respecto a lo que será tu vida con o sin ese amor, que al alejarse, estás echando de menos.






Querida soledad, ya no te escribo
porque mi madrugada se marchita
y no acuden versos a nuestra cita
exhalando un silencio reflexivo.
Envuelta en el halo de mi tristeza,
querida soledad, ya no te encuentro.
La lluvia no esconde lágrimas dentro
de un recuerdo que fluye en mi cabeza.
Querida soledad, sanó mi herida
con la cura subrepticia de una huida
y el llanto ahogado pareció breve.
Soledad, firmo así mi despedida.
Veintiocho de mayo de dos mil nueve.
(el cielo gris ceniza, apenas llueve…).