El que a hierro mata, a hierro muere.
Dice el evangelio de san Mateo que cuando fueron a prender a Jesucristo en el Monte de los Olivos, llamado Getsemaní, vino Judas con gran tropel de gente, con el fin de arrestar al Nazareno. Uno de los apóstoles sacó entonces una espada y enfrentándose con el criado del Sumo Sacerdote, le rebanó una oreja. Entonces Jesús alargó la mano y dijo: “Vuelve tu espada su sitio; porque todos los que empuñan espada, a espada morirán” (Mat., 26; 52). Juan, en su evangelio, señala que fue Pedro quien cortó la oreja al criado del Sumo Sacerdote. El criado, para mas señas, se llamaba Malco. Este incidente tuvo un final feliz para Malco, el desorejado; porque Jesús tocó su herida y la oreja le fue reintegrada.
Este es el origen del proverbio arriba enunciado. Significa que los daños que se hacen a otras personas, se volverán contra el agresor. Y, en definitiva, apela a la justicia divina para que los violentos reciban el mismo trato que ellos han dado.















