“Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.”

Kalil Gibran (1853-1931); ensayista, novelista y poeta libanés.
“Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.”

Kalil Gibran (1853-1931); ensayista, novelista y poeta libanés.
Ayer quise despertarla y la desperté,
ayer volví a sentir su cuerpo, su vida,
volví a sentir su amor, su pasión,
su cariño, su ternura, su alegría,
y sentí sus caricias, ella las mías.
Ayer cuando quise despertarla, respondió,
me devolvía en susurros lo que sentía,
me transportó a su mundo, me enamoró,
y acumulé más amor con que darle cada día.
Por dentro su belleza, que por fuera siento,
desde adentro derrocha su amor leal
que por fuera me llega tanto y tan intenso,
correspondido ese amor por el mio, igual.
Ayer quise despertarla y la desperté,
ayer estuvo tan dentro de mi y yo de ella,
volví a quererla y amarla con pasión,
con cariño, con ternura, con alegría,
y extendí mis caricias, ella lo hacía.
Ayer cuando quise despertarla, se iluminó,
con susurros, le decía al oído lo que sentía,
se transformó y en su mundo de mi se enamoró,
al mismo tiempo que su alma resplandecía.
Por dentro era fuego que hasta fuera manaba,
desde adentro un calor de fuego real
que nos llega a la piel; pero no nos quemaba,
y correspondimos al amor de manera cabal.
Comentario del autor: En este caso autor de la pintura y de la poesía. En cuanto a la pintura es un encargo que me hizo mi hija Macarena, para cabecero de su tálamo, por lo tanto está colocado en su dormitorio, sobre su lecho conyugal. Lo obra está realizada en acrílico, es una representación original de los amantes. Imágenes indefinidas, no se porqué, he querido representar a la mujer en un tono rosado y al hombre en tono azul.
La poesía, casi podría decir que está inspirada en el mismo cuadro que la precede, más o menos se refiere a los amantes en este caso conyugales, donde la practica del amor, hace que este crezca y se multiplique para volverlo a entregar una vez crecido. La pasión, la entrega, forma parte del juego conyugal que a la vez sirve para que el amor no venga a menos, sino todo lo contrario y este se vea favorecido por el hecho de compartirlo con la persona que de verdad amas.
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Jamás he peleado con nadie y menos aún con armas. Nos llevan al centro de esta plaza circular y nos dan sendos machetes para que los usemos como espada y unas planchas metálicas a modo de escudo. Permanecemos estáticos sin saber que hacer, quien nos ha dado las armas nos arenga para que luchemos apoyado por los que ocupan las gradas . Con timidez nos aproximamos a la vez que giramos, ninguno se atreve a dar el primer golpe, otra vez los gritos animándonos a la lucha, cuando veo amenazante su arma y logro pararla con el improvisado escudo, intento devolver el golpe sin conseguirlo. Dando y recibiendo machetazos estamos el tiempo suficiente para cansarnos y sentir el dolor en los huesos por los golpes recibidos, hasta que resbalo y caigo de espalda perdiendo el escudo, ocasión que aprovecha mi compañero para poner el machete sobre mi pecho a la altura del corazón, con la intención de clavarlo. Consigo zafarme del asedio en el que estaba y logro incorporarme para volver a la lucha, esta vez sólo con el machete, mi contrincante está decidido a vencer y creo que lo puede conseguir, su fuerza es superior a la mía, ya apenas puedo resistir, en uno de sus impactos consigue desprenderme del machete, no puedo creer lo que me está pasando, viene hacia mi decidido a terminar la pelea, por suerte estoy cerca del escudo que perdí y consigo cogerlo, justo a tiempo para evitar un nuevo impacto en mi cuerpo, en el retroceso de su brazo deja descubierta su cara y consigo arrearle con el escudo en su rostro reventándole la nariz, lo que le hace sangrar en abundancia, es tanta su rabia y se dirige a mi con tanto ímpetu, que al girarme para esquivarlo no puedo evitar que me golpee de plano en la nuca con el machete, lo que me hace caer al suelo de bruces a la vez que se me nubla la vista.
Cuando recobro el sentido, ya no estoy en ese circo que han montado, abro los ojos, la penumbra invade todo el cuarto donde me hallo, estoy tumbado sobre un camastro hecho de troncos, ramas y hojas secas. Intento incorporarme, me cuesta hacerlo por el dolor que tengo en todo mi cuerpo, magullado por los golpes recibidos en la pelea. Estoy solo, todavía oigo el griterío de los asalvajados “animales” de esta sociedad malvada. Por la inclinación del techo, esta habitación tiene que estar bajo las gradas, fuera parecen estar celebrando algo, me acerco a la puerta, para comprobar que no esté cerrada. Vana ilusión, cerrado el único acceso a este lugar.
Al cabo de un buen rato el ambiente fuera está más calmado, se abre la puerta de la habitación y aparece mi compañero con ganas de hablar conmigo, no trae compañía. Aunque llevamos un tiempo juntos -me dice- nunca nos han presentado, mi nombre es Julian, -a la vez que me ofrece su mano- siento tener que haberte dado. Se refiere al golpe que me asestó en la cabeza. Lo hice para terminar la pelea y así fue, después de tu desmayo “El Egipcio” paró la lucha y mandó que te trajeran a este lugar. Nuestro combate los ha convencido estamos dentro del grupo, aunque con reservas, eso quiere decir que observan todos nuestros movimientos hasta estar seguros de nosotros. Nos han cedido una habitación para los dos y podemos movernos con cierta libertad por la ciudad. Tu también debes disculparme por haberte reventado la nariz.
Tras la disculpas salimos de esa habitación, para ir a la vivienda donde nos han dado un cuarto para descansar, los dos lo necesitábamos después aquella aventura.
contunuará…
“La alegría más grande es la inesperada.”

Sófocles, (495-406 a.C.); dramaturgo griego.